El show debe continuar…

Olvidemos la rutina de trabajo por un momento, y despidamos al más importante artista y comunicador popular de la historia de la televisión dominicana: Freddy Beras Goico.

Yo me crié viendo a Freddy Beras Goico. Otros encontraron la madurez con sus propuestas programáticas en la televisión dominicana, allí en la planta televisora que fuera una especie de hogar para él y sus personajes: Color Visión. Fuera en el Show del Mediodía o en El Gordo de la Semana, y más tarde en Punto Final, que luego se convirtiera en Con Freddy y Punto, las contribuciones que como humorista, artista, compositor, improvisador y repentista de la escena hiciera en la televisión local, todavía no han sido evaluadas en su justa dimensión, a pocos meses de su muerte, el pasado mes de noviembre de 2010.

Comentarista social a través de sus ingeniosos y siempre graciosos libretos humorísticos, caricaturista en vivo e improvisado a través de sus secciones en estos programas, maestro del disfraz y la personificación, cantera inagotable de historias, llorón irredento. Filántropo, hombre solidario.

Mientras fue productor y conductor de El Gordo de la Semana, Freddy Beras Goico fue el provocador de un programa televisivo semanal de proporciones maratónicas que aunaba el concepto de variedad con el de noticia, difusión cultural, comedia y música. Además del éxito comercial de todas sus empresas y gestiones humanitarias.

Por eso lo despedimos a través de las páginas de humor de revista Mercado, de la mejor forma, como a él le hubiera gustado:

El show debe continuar. El chofer del automóvil aparca su carro en la estación gasolinera. Le pregunta al dependiente: “Señor, ¿tienen ustedes en este pueblo algún perro grande, enorme, color blanco con negro?” “Pues, no, no tenemos perros de ese tipo aquí”, contesta el dependiente. “Entonces, ¿tendrán ustedes algún becerro, de esos tipo Holstein, blanco y negro?”, pregunta el chofer, acto seguido. “No tenemos vacas ni becerros en este pueblo, amigo”, responde el dependiente, con toda cortesía.  Entonces el chofer del automóvil continúa: “¿De casualidad tendrán ustedes pinguínos, de esos Emperador, que son grandes, grandotes, en este pueblo?”. “Pero hermano mío, ¿no ve usted que éste es un pueblo pequeño? ¿Cómo imagina usted que podamos tener un zoológico?”, responde el dependiente, al trís de perder la paciencia. Y continúa: “a ver, dígame usted, ¿qué es lo que le ha pasado?” Y el chofer del automóvil, consternado, dice: “Pues creo que he atropellado a una monja”.

Un policía hace su ronda por un barrio popular de la ciudad capital. Mientras camina, se encuentra a un borracho tirado en la acera. El borracho lo saluda cordialmente. “¡Gqueee-tal, comandante!”, dice, moviendo las manos sin ton ni son. El policía, señalándolo con su macana, le dice: “Párese, y camine”. El borracho le dice: “¿en gqueee gquedamos?”.

Caperucita Roja llega a su casa con un estruendo de los mil demonios. Su madre, casi muerta de preocupación, sale de la habitación mientras se pone la bata de estar. “¡Caperucita, por los dioses de Hansel y Gretel! ¿Qué te ha pasado hija mía?” La, ahora, adolescente (¡Es justo que crezca, después de tantos años!), bajo los efectos visibles de una borrachera dionisíaca, responde: “nihgúhn Cabberushita, ¡carajo!, ¡yo soy la Señora de Feroz!”.

Darwin E. Medina P. es un jefe muy popular: para muestra un botón, o cinco; las asistentes que han pasado por su mando durante un año así lo atestigüan. Todas han quedado “muy” complacidas con todo lo que han aprendido de él. Eníenos sus opiniones, alguna contribución, o lo que sea, hasta dinero, a homoejecutivus@gmail.com.