La pareja

El tenía con nosotros quince años. Ella, once. Se conocieron en la empresa, y en la empresa se hicieron esposos. ¿Cómo lidiar con semejante relación de intimidad en la familia empresarial?

Hace poco tiempo conocí una pareja de esposos que me pareció un ejemplo interesante de lo que podríamos llamar un buen manejo de la relación matrimonial, en el entorno laboral. Esto no sucede todos los días. Si bien es cierto que, en muchos planos de acción, los paradigmas se están moviendo como las fallas geológicas en el subsuelo caribeño, también hay sectores e industrias estáticas en sus políticas en este sentido, sobre todo en culturas conservadoras.
Esta pareja que conocí trabaja para la cadena hotelera Riu, en Ciudad Panamá. Y, en ese mismo tenor, recuerdo a James Carville y a su esposa Mary Matalin, ambos estrategas de los partidos Demócrata y Republicano, respectivamente, como un ejemplo interesante de lo que es saber dejar el trabajo en la puerta de la casa, y mantener las cuentas de gastos bien, pero que bien separadas.
En la arquitectura, Ricardo Scofi dio y Elizabeth Diller, Robert Venturi y Denise Scott Brown. En el negocio y arte de la moda, Ossie Clark y Celia Birtwell. En el mundo de los negocios, Mendel Rosenblum y Diane Greene, con VMWare, la cuarta empresa desarrolladora de software del mundo. Los fundadores de Flickr, Caterine Fake y Stewart Butterfi eld; Keith Bostick y Margo Seltzer de Sleepycat Software; Jack y Suzy Welch; Barry Diller y Diane Von Furstenberg, además de Dan Boeckner y Alexei Perry, de Handsome Furs.
La lista es interminable. Y nosotros, allí donde trabajo, tuvimos nuestros esposos, aunque su historia marital/laboral fue breve, atropellada, tortuosa, tormentosa, siniestra, fugaz… ¿Qué les puedo decir? Bueno… lo que pasó, o como lo veo: todos fuimos a la boda. Pasó la luna de miel.
Los cumpleaños de él eran un evento que todos, indefectiblemente, teníamos que compartir: su colega, y esposa, se ocupaba de que todos asistiéramos. De la misma forma, sus almuerzos (los de ambos), quedaban matizados por un inasible hálito de familiaridad; eran, ¿cómo explicarlo?, eventos, más o menos, llenos de cariño.
Y así, la cotidianidad se fue apoderando de ellos, en paralelo con todo lo que, imagino, sucedía en la casa. Ambos eran grandes profesionales… no me malentiendan.
El desempeño personal de estos dos disciplinados seres humanos nunca se vio afectado de manera progresiva en el lugar de trabajo. Digo progresiva porque se deduce que algo sucedió, ¿o no?: eventualmente, los pleitos de la casa se cruzaron con el desempeño personal en el puesto de trabajo. La mirada tolerante de nuestros superiores permanecía sobre ellos porque, después de todo, un desliz no debe empañar una hoja de servicio intachable. ¡Y ellos, después de todo, habían sido prevenidos!
El almuerzo feliz pasó a ser un intercambio de improperios y recriminaciones sobre la suavidad de un puré de papas o si el plato se le resbaló o él, sencillamente, lo dejó caer de mala manera. Avergonzados, ambos nos pidieron excusas a todos un viernes en la noche, después de forzar sus respectivas renuncias aquel medio día, ante la mirada atónita del oficial de recursos humanos.
Las súplicas del gerente general, de que fuera solo uno el que renunciara, no valieron de nada. A eso se le llama saber dividir la gasolina de la magnesia. Nunca los olvidaremos. Creo que viven felices en Punta Cana… o Punta Caucedo… no sé bien. En fin…

Darwin E. Medina P. es un ejecutivo de una importante empresa dominicana. Ha estado trabajando, “on the side”, para Revista Mercado, como columnista que hace la crónica del lugar de trabajo en la modernidad, en esta cultura tan particular que es la dominicana. Envíe sus opiniones a homoejecutivus@gmail.com.