El arte contemporáneo reescribe el arte de Kazajistán desde Tselinny
En Almaty, una ciudad que respira el contraste entre la herencia soviética y la búsqueda de identidad contemporánea, un nuevo centro de arte se alza como símbolo de sanación y memoria colectiva. El Centro de Cultura Contemporánea Tselinny no solo es un espacio expositivo: es una declaración poética, un laboratorio de ideas donde el arte se convierte en herramienta de descolonización emocional, política y estética.
Inaugurado oficialmente en septiembre de 2025, Tselinny propone un método que es a la vez ritual y manifiesto: recordar, repensar, avanzar y bailar. En ese orden, el centro kazajo redefine lo que significa descolonizar el arte desde un territorio que aún carga las cicatrices del dominio soviético. La muestra inaugural, “Barsakelmes”, fue un ejercicio visceral de memoria viva: un colectivo de artistas, poetas y músicos invocando al desaparecido Mar de Aral, aquel lago que fue drenado por decisiones políticas y cuya ausencia pesa como un símbolo de pérdida y resistencia.
Un ritual para sanar la historia
Durante la performance de Barsakelmes, el escenario se transformó en un portal: una yurta multicolor, creada por la artista visual Gulnur Mukazhanova, vibraba con proyecciones de Darya Temirkhan, mientras cantos ancestrales se entrelazaban con sintetizadores modernos. Era una comunión entre lo espiritual y lo tecnológico, entre el mito y el presente. El público, envuelto en un silencio reverente, asistía a una suerte de exorcismo colectivo.

La obra, inspirada en una antigua leyenda kazaja, preguntaba con osadía: ¿qué pasa cuando el monstruo del pasado resurge en forma de trauma social? En este caso, el monstruo no era de fábula, sino la herencia nuclear, el extractivismo y la imposición cultural. Barsakelmes se convirtió en un acto de catarsis y reconstrucción: un llamado a aceptar las heridas sin romantizarlas, y a descubrir belleza incluso en los restos del desastre.
Una arquitectura que narra la memoria
El edificio que alberga a Tselinny es, en sí mismo, una metáfora del proceso de descolonización. Construido originalmente en 1964 como un cine de propaganda soviética, el inmueble fue restaurado por el arquitecto británico Asif Khan junto a la arquitecta kazaja Zaure Aitayeva. Su intervención fue más arqueológica que estética: retiraron capas de yeso para revelar los murales originales de Yevgeniy Sidorkin, ocultos por décadas. Esas figuras (mujeres danzantes, caballos, manzanos) hoy renacen como testigos de una historia que no se borra, sino que se resignifica.

La nueva estructura, abierta y sin jerarquías, elimina los escalones entre la calle y la galería: el arte se funde con la ciudad. Las columnas blancas evocan la vastedad de la estepa kazaja, y su fachada azulada parece, según Khan, “una nube que descarga lluvia sobre la tierra”. Esa imagen resume la esencia del proyecto: purificar el suelo simbólico donde antes germinó el control ideológico, y transformarlo en un terreno fértil para la creación libre.
Descolonizar el arte, no los museos
Tselinny no pretende ser un museo al uso. No tiene curador principal ni busca acumular colecciones. Su directora, Jamilya Nurkaliyeva, lo define como una “institución horizontal” donde las jerarquías desaparecen para dar paso al diálogo. “Las grandes instituciones ya no deben imponer discursos, sino aprender junto a la comunidad”, afirma.
Este enfoque es coherente con el pasado reciente del país. Tras la independencia de la Unión Soviética en 1991, los artistas kazajos enfrentaron la tarea monumental de redefinir su identidad visual y narrativa. De romper con la estética propagandística y de reescribir su historia en sus propios términos. Tselinny, al renacer sobre las ruinas de un cine soviético, encarna ese mismo gesto: mirar atrás no para replicar, sino para entender y avanzar.
El arte contemporáneo como puente hacia el futuro
En una región marcada por la fragmentación, Tselinny funciona como un punto de conexión entre generaciones y geografías. Su programación reúne voces de Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán, articulando una nueva cartografía cultural centroasiática. Exhibiciones como Aquí, allí, en ninguna parte ya habían anticipado esta dirección: una conversación entre artistas que abordaban temas como el feminismo, la identidad post-soviética y la influencia de la globalización.
Hoy, Tselinny consolida ese diálogo bajo una visión más ambiciosa: convertir la descolonización en un acto estético, colectivo y cotidiano. No como un gesto de ruptura, sino como una danza entre pasado y presente, donde las cicatrices se transforman en pigmentos y el arte en territorio compartido.
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