Cuanto más se complica el Brexit

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Nadie se sorprendió de que los líderes de la Unión Europea se negaran a avanzar con las negociaciones por el Brexit en la cumbre de la semana pasada. La canciller alemana Angela Merkel y el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, hablaron de progresos y sugirieron que habría más en la próxima reunión en diciembre, pero este destello de aliento no debería ocultar el panorama más amplio. El proceso avanza con demasiada lentitud, y con cada semana que pasa, crecen las probabilidades de que el Reino Unido salga de la Unión Europea en forma caótica.

Cuando más visible se torna esa calamidad, más cierto parece que el Reino Unido cometió un error de cálculo –y más me convence la opinión de que el país tuvo razón en querer divorciarse.

En el debate sobre el Reino Unido y Europa, he sido un renuente defensor de Permanecer. El país fue todo el tiempo un miembro desajustado de la UE. Al integrarse más la unión en los años venideros –algo que probablemente deberá hacer si quiere tener éxito–, la incomodidad británica estaba condenada a aumentar. El Reino Unido necesitaba, sin lugar a duda, una relación fundamentalmente nueva con el resto de la UE.

Pero el gobierno tendría que haberse esforzado por crear este nuevo estatuto –una suerte de miembro asociado– desde una posición de fortaleza dentro de la unión. Su enfoque de cara a la creación del euro podría haber servido de modelo: ser una molestia, negarse a condescender y ganar una dispensa especial. En lugar de eso, al notificar que abandonaba completamente la unión, en base a un cronograma determinado por la UE, el Reino Unido cedió la mayor parte de su poder de negociación. Ese enorme error táctico tendrá un costo.

El impase en las negociaciones por la salida lo prueba. Al mismo tiempo, centra, no obstante, la atención justamente en los aspectos del proyecto europeo que más preocupan a un número muy grande de británicos –no solo el 52 por ciento que votó a favor de salir (pese a las incesantes advertencias funestas), sino también a un número desconocido de defensores renuentes de Permanecer, como yo.

La dificultad de desenredar el derecho de la UE del derecho del Reino Unido, y volver a asentar los compromisos internacionales del país sobre una base de nación soberana, se está tornando evidente. La amenaza de una enorme disrupción es real. No obstante, la magnitud y la complejidad de esta tarea también ponen en evidencia hasta qué punto es profunda y amplia la penetración de la UE en la gestión de gobierno británica. Pocos afirmarían que el sistema de responsabilidad democrática europeo se desarrolló hasta un grado acorde. Por lo tanto, cuanto más difícil se torna salir, más notorio resulta el “déficit democrático” de la unión.

Para muchos comentaristas británicos, de hecho, esa futura disrupción significa que la cuestión nunca fue evaluar los pros y contras de la pertenencia a la UE a largo plazo: en opinión de ellos, no había una verdadera opción, excepto permanecer. Pero eso atrae la atención sobre otro problema. La irrevocabilidad de la pertenencia a la UE no se publicitó anteriormente. Hasta hace poco tiempo, se suponía que el Artículo 50 de los tratados europeos confirmaba que la participación en el proyecto era voluntaria, contingente y que estaba sujeta al consentimiento popular. Ahora, los defensores de Permanecer la pintan como una suerte de cláusula suicida.

Recordemos que la Unión Europea es un trabajo en elaboración. “Una unión cada vez más estrecha” sigue siendo un principio rector y, con la creación del euro, la integración más profunda pasó a ser, asimismo, una necesidad práctica. Está sucediendo –de manera vacilante, confusa y llevando a la larga no se sabe a dónde–. Pero si salir de la UE resulta ahora difícil, ¿cuánto más difícil será dentro de diez años, o 20? Y para entonces, ¿qué clase de unión será la UE?

Por ende, de un lado, los costos del Brexit en 2019 serán altos; del otro, quizá sea ahora o nunca.

El impase actual surgió, en parte, por designio de la UE –que debilita a los defensores de Permanecer de otra manera–. El principal negociador de Europa tiene el mandato de alcanzar “un avance suficiente” respecto del pago de la salida, el estatus de los ciudadanos de la UE en el Reino Unido y la frontera irlandesa del Norte antes de pasar a debatir la futura relación. Esto dificulta mucho más un acuerdo. Las negociaciones complejas salen adelante mediante tratos en paralelo respecto de toda una gama de temas en discusión –no en una secuencia rígida, con las cuestiones más difíciles primero.

Es probable que este escenario fuera deliberado: se da por sentado que la UE quiere castigar al Reino Unido por decidir salir, en parte para enseñar a otros miembros inquietos a comportarse y en parte porque el país insular se la busca. Veo la razón de ese pensamiento –pero no promueve el objetivo más amplio de la UE de una unión más estrecha basada en el consentimiento popular–. Se puede reafirmar la obediencia poniendo ejemplos y amenazando con represalias, pero de esa forma no se fomenta lealtad, y lealtad es algo de lo que la UE carece considerablemente.

La UE debería confiar más en sus perspectivas con o sin el Reino Unido. Si cree en la fortaleza de su unión, y en la fuerza de las cuatro libertades que el Reino Unido se resiste a aceptar plenamente, debería esperar que los británicos lamenten irse, aunque les sean acordados los términos que causen una disrupción mínima para el intercambio y el comercio. La EU también debería creer que el Reino Unido verá con el tiempo el error de su comportamiento, aunque la salida tenga éxito. Hasta entonces, a la UE sin duda le convendría tener un amigo, socio comercial y aliado militar próspero frente a su costa, en lugar de un enemigo golpeado y resentido.

Las decisiones tácticas británicas han sido terribles y enfrentan consecuencias severas. Pero, a juzgar por el proceso hasta ahora, la UE tampoco sabe ver muy bien dónde residen verdaderamente sus intereses.

Bloomberg.-

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