La victoria de Donald Trump en contexto

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Ernesto Selman / economista y vicepresidente del CREES

El resultado de las elecciones presidenciales de EE.UU. ha sorprendido. Tal vez las pasiones y emociones hicieron perder la perspectiva de tantos que no pudieron ver tendencias y realidades. Desde hace tiempo, el electorado estadounidense buscaba cambios en el fondo y la forma de hacer política. De hecho, el voto a Obama se enmarca dentro de esta tendencia cuando prometía “un cambio en el que podemos creer”, según su propio eslogan de campaña.

Siendo un outsider y Senador junior de Illinois, los votantes depositaron su confianza en un discurso esperanzador, entendiendo que esta nueva figura, que no estaba contaminada de las prácticas de Washington, dejaría la politiquería de confrontación a un lado.

En la medida que fue pasando el tiempo, los estadounidenses percibieron que la política partidista de Obama y sus políticas públicas no reflejaban ese cambio que tanto se buscaba. Aquí reside el grave error de analistas y expertos que vaticinaban el triunfo de Hillary Clinton: subestimaron la participación de ciudadanos que se sentían defraudados por un sistema político que no respondía a sus preocupaciones e inquietudes. De hecho, lo mismo sucedió en los procesos de referéndum en el Reino Unido con el Brexit y en Colombia con los acuerdos con las FARC. Casi la totalidad de las encuestas en EE.UU. recogían los likely voters o personas que con mayor probabilidad irían a las urnas porque habían participado en procesos anteriores. Esto era un error garrafal porque esas encuestas no recogen la probabilidad de que votantes registrados que no participaban en política irían a las urnas, muchos por primera vez.

Es obvio que el candidato Trump asumió un discurso anti-establishment, separándose claramente de los políticos y las prácticas tan criticadas de Washington. Esta fue su mayor herramienta, que la complementó con un discurso populista en contra de las élites y la prensa tradicional. La retórica proteccionista y anti-inmigrantes de la campaña de Trump iba dirigida a un segmento del electorado muy específico: trabajadores en regiones donde la desindustrialización era más obvia, que se sentían amenazados por la globalización y los inmigrantes. Esto resonó en el electorado de estados críticos que terminaron dando el triunfo a Trump, como Ohio, Pensilvania, Michigan y Wisconsin.

La retórica de la campaña del candidato Trump no parece se verán traducidas textualmente a las políticas públicas del presidente Trump. Los anuncios recientes con posiciones más moderadas en distintas áreas hacen pensar que la presidencia de Trump se manejará con mayor prudencia de lo esperado. Bajo un orden institucional fuerte como EE.UU., un presidente no puede tomar decisiones radicales sin antes pasar por el filtro de un Congreso y una Suprema Corte de Justicia que juegan su rol; esto, a diferencia de muchos países con débil institucionalidad. Esto no quiere decir, sin embargo, que no habrán profundos cambios en políticas públicas, bajo una visión política y económica muy diferente a lo que existe hoy. El partido republicano tiene mayorías en ambas cámaras del Congreso con un Trump rodeado de asesores del mismo partido.

El comercio y las inversiones transfronterizas posiblemente se fortalecerán con el paso del tiempo y las incertidumbres cederán. Estamos convencidos que la visión aislacionista que se tiene de Trump no se traducirá a la realidad. Lo que sí tendrá el mundo es un presidente de EE. UU. que ejercerá un liderazgo sustentado en el poder militar y económico de su país, negociando mano a mano con los distintos líderes del globo terráqueo. Las reglas del juego internacional cambiarán, pero el juego se mantendrá en pie porque lo contrario sería mas costoso para los propios Estados Unidos de América.

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