Estos cuatro líderes políticos subestimaron el poder de la pandemia
ran los más valientes cuando desde sus micrófonos lo despreciaban, le restaban valor y dudaban de su capacidad de daño. Lo desafiaban públicamente sin siquiera protegerse con mascarillas, porque no las consideraban necesarias, ya que sus convicciones, sus discursos y sus burlas constituían su escudo protector.
El COVID-19 asustaba a media humanidad, pero no a los locuaces jefes de Estado de Estados Unidos, Donald Trump; Reino Unido, Boris Johnson; Brasil, Jair Bolsonaro; y México, Andrés Manuel López Obrador. Un cuarteto que lucía seguro y victorioso, libre de mascarillas y guantes, y despreocupado incluso por su propia salud.
“Es una gripa china”, decía Trump cuando aparecieron los primeros casos en EE. UU. En el paroxismo de su análisis clínico, aseguraba que para tratar el coronavirus e incluso para prevenirlo, tomaba hidroxicloroquina todos los días. Insistía en que de ninguna manera portaría una mascarilla protectora y al explicar el origen del contagio en EE. UU., dio su versión: “Es solo una persona que vino de China y lo tenemos bajo control. Todo va a estar bien”.
Pero nada iba bien. Los contagios crecían aceleradamente y varios estados optaron por el confinamiento y el cierre de actividades económicas. Trump rechazó tal actitud. Y además, pronosticó: “el virus se irá en abril, cuando llegue el calor”.
No se fue. Siguió llegando. Trump presumía de que EE. UU. era el país más preparado para hacer frente a la epidemia. Y advertía: “se van a tener vacunas muy pronto. Además, se tendrá algo para que la gente se sienta mejor, y eso ocurrirá todavía más pronto”.
La gente no se sentía mejor. EE. UU. se convirtió en el país con más contagios en todo el mundo y la vacuna aún se demoraba.
Johnson también era gracioso. Sonriente, en una rueda de prensa a principios de marzo, dijo que no estaba preocupado “de tener que darle la mano a la gente” y tampoco usaba mascarillas. Desafiando el poder del virus, fue de visita a un hospital y lo celebró como una victoria: “Estuve en un hospital, la otra noche, donde había pacientes con coronavirus y les estuve estrechando la mano a todos”.
Una semana después, muy optimista, pronosticó el fin de la enfermedad: “se puede acabar en tres meses, si se hace lo que se tiene que hacer”. Pero antes de saber qué se debía hacer, el 27 de marzo, Johnson dio positivo por COVID-19 y se apagó su alegría.
Bolsonaro sonreía cada vez que le indagaban su opinión sobre el COVID-19. “Es apenas una pequeña gripa”, dijo a todo el país en una alocución por televisión. Y confiaba en el clima: “tenemos información de que debido a que tenemos un clima más tropical, casi hemos llegado al final o ya ha terminado, porque el virus no se propaga tan rápido en un clima como el nuestro”.
Cuando los más poderosos estados cerraron sus aeropuertos y se aislaron, el presidente se dio cuenta de que el problema iba en serio.
En vez de morir por el clima, esa “gripa” inundó el territorio brasileño y Bolsonaro reconoció que debería prestarle más atención: “Obviamente, tenemos una crisis en este momento, pero una pequeña crisis. El coronavirus es mucho más fantasía, que no es todo lo que los principales medios de comunicación propagan”.
Y se consideraba invulnerable: “en mi caso particular, debido a mi historia como atleta, si estuviera infectado por el virus, no tendría que preocuparme, no sentiría nada o sería, a lo sumo, una gripita o un resfriado”.
El mismo día que Brasil superó a China en el número de contagios, aseguró que, aunque es Mesías (su nombre completo es Jair Messias Bolsonaro), no podía hacer milagros. También aseguraba estar tomando hidroxicloroquina.
López Obrador también se reía. Desde su atril mañanero, decía que su gobierno estaba “sereno y tranquilo: tenemos la capacidad para enfrentar esta situación”.
En realidad, no existía esa capacidad. Pero el popular AMLO seguía mofándose: “miren, lo del coronavirus, eso de que no se puede uno abrazar… hay que abrazarse, no pasa nada”. Y pidió a los mexicanos que fueran a cenar: “sigan llevando a la familia a comer a los restaurantes”, sin problema ni temor, y que tal acción sería un estímulo a la economía.
El COVID-19 no frenó su avance ante la hidroxicloroquina de Trump y Bolsonaro, ni el método de Johnson lo derrotó en tres meses, ni era la fantasía de la que Bolsonaro se mofaba, ni el calor del verano lo venció.
Trump ya aparece en público llevando mascarilla; Johnson ya tuvo COVID-19 y también la usa. López Obrador la tuvo que usar en su viaje a EE. UU. Bolsonaro la usa a veces y está bajo tratamiento, porque tiene el coronavirus.
La estadística les está dando otra sorpresa: en ese orden, EE. UU., Brasil, Reino Unido y México son los cuatro países con más muertos por el coronavirus en el mundo.
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