Todos salen perdiendo en la disputa entre Google y Uber

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Actualmente, Uber está en problemas por… bueno, por muchas cosas, pero una particularmente problemática es la denuncia de que la empresa de viajes particulares adquirió secretos empresariales robados a Waymo, la unidad de autos que se manejan solos de Alphabet Inc., la sociedad controlante de Google. También se trata de un caso en el que Uber no es la que se portó mal.

Según una demanda presentada por Waymo, los empleados se robaron archivos con descripciones de su tecnología de conducción autónoma justo antes de abandonar la empresa para fundar una competidora. La startup, Otto, existió durante siete meses antes de ser adquirida por Uber Technologies Inc. Durante ese tiempo, el proyecto automotor de Google sufrió un éxodo de empleados más amplio; muchos actores clave la dejaron para fundar o sumarse a empresas nuevas. Por lo tanto, pase lo que pase, parece que Google ya perdió la batalla.

El activo más valioso de Silicon Valley es su gente, no su propiedad intelectual. En la industria farmacéutica, las empresas gravitan en torno al licenciamiento de patentes porque llevar un remedio al mercado es caro y consume tiempo. En el caso de las empresas de tecnología, es al revés: la industria evoluciona tan rápidamente que lo que hoy es una propiedad valiosa mañana podría ser obsoleta. Los recursos se invierten mejor desarrollando nuevas ideas que protegiendo viejas. Los litigios suelen verse como el dominio de dinosaurios enfermos: Oracle Corp. está en una demanda contra Google hace siete años por el uso de Java, un lenguaje de programación desarrollado en los años 90.

Se puede argumentar con razón que proteger la propiedad intelectual alienta la inversión en tecnologías nuevas, pero lo que inventó a Silicon Valley fue la liberación de esas protecciones. En 1951, se otorgó una patente por el transistor semiconductor a William Shockley y se la designó a AT&T Bell Labs. En 1956, como parte de un arreglo contra las prácticas monopólicas, AT&T acordó proveer licencias sin regalías para todas sus patentes. Shockley se mudó rápidamente a Mountain View, California, donde fundó Shockley Semiconductor Laboratories y reclutó a algunos de los primeros talentos en ingeniería para que fueran al valle. Dos años más tarde, ocho de sus empleados dejaron la empresa para fundar una competidora llamada Fairchild Semiconductor. Luego, los ocho traidores vieron cómo sus propios empleados los dejaban para fundar otras empresas de semiconductores, entre ellas Intel, AMD, Intersil y National Semiconductor.

Este tipo de proliferación sigue dándose hoy. Durante muchos años, Google mantuvo una política empresarial de permitir que los empleados pasen un día por semana trabajando en proyectos secundarios. Google insiste en afirmar a los recién contratados que la empresa no demanda a exempleados por violación de patentes. Sus empleados fundaron Twitter, Tumblr, Instagram y Pinterest. Los ex de Google (Xooglers, en inglés) incluso tienen su propia comunidad de inversión y un Día de Demostraciones. Como me dijo una vez un reclutador de Google, el atractivo de la empresa no reside en el empleo que uno tiene mientras trabaja en Google, sino en el que puede conseguir tras irse.

En algunas de las empresas de tecnología populares actualmente, la mediana de permanencia de un empleado es inferior a tres años. En otros sectores, ese tipo de rotación podría considerarse un fracaso terrible. Aquí, es lo que hace que las empresas sigan innovando. Las ideas fluyen adonde mejor se las trate, incluso si es en una startup competidora. Otto no fue la única empresa de autos autónomos fundada por exmiembros del equipo automotor de Google. Dos de sus principales ingenieros la dejaron para abrir Nuro.ai; el director de hardware recibió una inversión de US$1.000 millones de Ford Motor Co. para Argo AI; y Chris Urmson, exdirector del proyecto Google Car, tiene su propia compañía de conducción autónoma, llamada Aurora Innovation.

Se entiende que a Google no la ponga contenta perder terreno frente a la competencia, pero a la industria de los vehículos autónomos terminará yéndole mejor. Hace algunos años, el presidente ejecutivo de Tesla, Elon Musk, ofreció el uso libre de la propiedad intelectual de la empresa. Musk explicó que la verdadera competencia de Tesla no eran los demás fabricantes de autos eléctricos, sino la inercia de la industria. Para que Tesla tuviese éxito, el movimiento del transporte sustentable debía tener éxito. Los autos que se manejan solos requieren un cambio de paradigma similar, algo que Waymo no puede lograr sola. Debería darle la bienvenida a la competencia.

Bloomberg.-

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