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Leadership

Lina Botero Zea, la dama heredera del arte contemporáneo

18 mayo 2021

Lina Botero Zea, vive entre Europa y México. Productora, curadora, interiorista, ha sido editora y directora de una revista de decoración e interiores, además madre de dos hijos.

Nació con el arte en el ADN. Hija de Gloria Zea, una dama imprescindible en el mundo cultural de Colombia, y de Fernando Botero, el artista vivo más famoso del mundo y más exhibido en los museos del planeta.

Con una calidez y emotividad conmovedoras, Lina conversa en una entrevista cortesía de Hola, sobre «BOTERO», el documental, la vida y obra de uno de los grandes artistas de nuestra época, del cual es productora ejecutiva y directora creativa.

Eres hija de Gloria Zea, directora durante más de cuarenta y siete años del Museo de Arte Moderno de Bogotá, directora de la Ópera de Colombia y directora durante ocho años de Colcultura. ¿Qué tan determinante fue su figura para desarrollar tu amor por el arte?

Ella se hizo presente de manera permanente en la lucha por sacar adelante las diferentes facetas de la cultura colombiana, y eso hace parte entrañable de los recuerdos más maravillosos de mi adolescencia y de mi juventud.

— Me crié en el mundo del arte y de la cultura, no solamente por mi mamá, sino también por mi papá. Mi madre fue directora de la Ópera de Colombia durante muchísimos años y la música fue también una de sus grandes pasiones. Como directora de Colcultura, que funcionaba en ese entonces como el Ministerio de Cultura en Colombia desarrollo una labor importantísima. Creó la Escuela Nacional de Restauración y el departamento de Monumentos Nacional, publicó las colecciones básicas más importantes del país, trabajó con el Instituto Colombiano de Antropología, que en ese momento, hizo el descubrimiento de la Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta. Trabajó en pro del teatro, del ballet y del arte. Ella se hizo presente de manera permanente en la lucha por sacar adelante las diferentes facetas de la cultura colombiana, y eso hace parte entrañable de los recuerdos más maravillosos de mi adolescencia y de mi juventud.

— Como editora, ¿cuál es tu libro más querido?

— Fui directora de una revista de decoración en Colombia que se llamaba Semana DECORA. Fue una experiencia maravillosa porque podía fotografiar las casas más bellas en Colombia y a nivel internacional, y resaltar además el trabajo de los demás interioristas colombianos. Años más tarde hice un libro con Massimo Listri, uno de los fotógrafos de interiores más importantes del mundo, titulado CASA MEXICANA el cual nos tardamos dos años en realizar. Se imprimieron más de veinte mil ejemplares y se tradujo a ocho idiomas.

Fui también curadora en el 2012 con motivo de la celebración de los ochenta años de mi papá, de la retrospectiva más grande que se ha hecho hasta la fecha de su obra en el Museo Palacio de Bellas Artes en México, y diseñé en esa ocasión junto con Frontespizio, el libro Fernando Botero: Una Celebración.

Soy co-curadora junto con Cristina Carrillo de otra gran exposición que se llevará acabo próximamente en el Palacio de Correos en Madrid, y estoy trabajando también sobre ese libro.

Fuiste la productora ejecutiva y directora creativa de este documental, ¿cuánto tiempo se tomó la realización de esta pieza exquisita, con esa espectacular fotografía, investigación y postproducción?

— Nos llevó dos años y medio en hacer el documental. Es algo que siempre quise hacer, plasmar en un documento cinematográfico la vida y obra de mi papá, y se presentó la oportunidad cuando expuso en China. Fue una retrospectiva itinerante, que comenzó en Beijing, luego Shanghái, y terminó en Hong Kong. Un amigo nuestro, Don Millar, director de cine canadiense, nos acompañó en China y quedó muy impactado con la acogida y el éxito que tuvo la obra de Fernando Botero en un país y una cultura tan diferente a la nuestra. Un mes después vino a México a proponernos la posibilidad de realizar este documental, pero de la mano de la familia. Nos pareció una oportunidad extraordinaria de llevar a cabo lo que tanto habíamos soñado. Fue un trabajo muy a fondo, con mucha investigación, plasmando las verdades y las motivaciones detrás de la obra de Fernando Botero.

— Tu padre es un hombre muy privado e incluso pudoroso con su fama y su vida familiar ¿cómo lograron que interviniera en el documental?

— Te digo sinceramente que lo más difícil de todo el documental fue lograr que él colaborara. Lo logramos robándole minutos aquí y minutos allá, acompañándolo en diferentes momentos a lo largo de dos años sin que se diera cuenta de que estábamos allí con la cámara y, finalmente, teniendo una entrevista muy exhaustiva con él en su estudio de Montecarlo. Pero sí, efectivamente a mi papá no le gusta ser el foco de atención. Él mismo dice que cuando asiste a sus inauguraciones hace acto de presencia cinco o diez minutos y luego se escapa por una puerta trasera sin que nadie se de cuenta. Lo que a él le gusta de su trabajo como artista no es la fama, sino el placer de pintar, el placer de estar solo en su estudio des- cubriendo algo nuevo todos los días.

— El «opening» del documental fue emocionante hasta las lágrimas. Ustedes, sus hijos entrando en una bodega en Nueva York que había estado cerrada por más de 40 años. Parecías una niña, emocionada y sorprendida ¿qué esperaban encontrar?

Fue fantástico descubrir la voz de mi papá de joven, hablando consigo mismo a través de los comentarios escritos por él en su puño y letra al margen de sus dibujos.

—Sí, fue un momento muy emocionante porque no sabíamos que íbamos a encontrar en ese depósito. Mi papá lo cerró después de que murió Pedrito, su hijo de cuatro años, en un accidente automovilístico. Tampoco quiso regresar a Nueva York durante muchos años. El dolor era demasiado grande. Todo quedó clausurado por más de cuarenta años y no sabíamos qué íbamos a descubrir. Fue una experiencia extraordinaria, como abrir una cápsula de tiempo. Encontramos obras, algunas inconclusas, otras terminadas, correspondencia, y muchísimos bocetos de toda una etapa fascinante de su vida cuando, él como artista joven, estaba apenas encontrando su camino en esa ciudad, buscando su estilo, experimentando con su trabajo. Fue fantástico descubrir la voz de mi papá de joven, hablando consigo mismo a través de los comentarios escritos por él en su puño y letra al margen de sus dibujos, en los cuales se corrige, se anima, y se alimenta de lo que va descubriendo. El momento más conmovedor durante la realización fue entrar a ese deposito de Nueva York. Eso fue maravilloso.

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